Cualquier persona que se encargue de una economía doméstica sabe que si se ingresa menos dinero no se puede gastar más. Por mucha palabrería con la que se quiera adornar, esta imposibilidad es tan lógica como aplastante.

Esto lo entiende cualquiera, menos Zabala, que aspira con su modelo presuntamente desideologizado a realizar la cuadratura del círculo: no deja de prometer nuevas inversiones millonarias, a la vez que compromete una reducción de impuestos que mermará la capacidad económica del Ayuntamiento.

He adquirido últimamente una afición, que es contabilizar presupuestariamente las promesas que realiza el señor Zabala. El motivo es que me rebelo ante esta forma de entender la economía que consiste en ofrecer cosas irresponsablemente, a sabiendas de que no lo podrá cumplir.

Es posible que esta táctica rinda algún beneficio a corto plazo, pero a medio y largo sólo sirve para desprestigiar la economía y que la gente sencilla piense que todos los políticos les toman el pelo.

Por eso, porque no comparto en absoluto esa táctica, es por lo que contabilizo sus ofertas electorales. Ya llevo –reconozco que me puede equivocar en algún millón arriba o abajo, pero tampoco demasiado- unos 3.300 millones de inversiones propuestas, lo que serían aproximadamente 20 años de inversiones de la época de las vacas gordas, que no es precisamente en la que nos encontramos ahora.

Y frente a esas promesas, a Zabala sólo se le ocurre comprometer ayer a bombo y platillo, en la más terrible y acendrada lógica neoliberal, una reducción de los impuestos.

Esto significa que si el candidato del PP obtuviera la alcaldía pondría en marcha dos tácticas, perfectamente planificadas: la primera, absolutamente desahogada, que culpabilizará al actual gobierno de no poder financiar sus inversiones prometidas: y la segunda, mucho más peligrosa para la ciudad, que abrirá el camino para la llegada de la inversión privada.

Efectivamente, con menos impuestos habrá menos dinero municipal, menos inversión pública, que Zabala pretenderá cubrir con la entrada de capital privado. Ese “maná”, como todos podéis imaginar, acarreará algún tipo de contraprestación. Porque creo que a estas alturas de la historia todos hemos entendido que las empresas privadas no son precisamente ONGs.

La pregunta, pues, es ¿qué le va a costar a la ciudad de Torremolinos esta merma de ingresos tributarios? ¿Qué le va a ofrecer Zabala a la empresa privada para que invierta en esta ciudad? ¿En manos de quién va a quedar la iniciativa pública de los Torremolinosnos y Torremolinosnas?

Frente a este modo de hacer economía, creo que la única solución es hacer pedagogía, por complicado que pueda resultar. Debemos hacer entender a los ciudadanos cuál es el método de financiación de un Ayuntamiento (la Participación de los Ingresos del Estado, la reducción de los ingresos ligados a los tributos de la construcción, la imposibilidad legal de acudir al endeudamiento, etc) y la gravedad que, en ese contexto, tiene la propuesta de Zabala.

Además, hay que hacer un esfuerzo por prestigiar los impuestos, que deben ser muchos más justos y solidarios, adecuados a los ingresos de cada ciudadano, pero que son la aportación por la que podemos sostener unos servicios públicos que realmente respondan al interés general.

Reconozco que no es sencilla tarea la de explicar todo esto y menos en época de crisis, pero una fuerza economía no puede asistir en silencio a esta cuadratura del círculo propuesta por Zabala, que tendrá como víctima final a las personas más desfavorecidas y trabajadoras de Torremolinos.